Guía de la visita

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A orillas del río Carrión, dominando la ciudad, se alza la imponente figura de la catedral de San Antolín de Palencia, sede de la cátedra permanente y visible del magisterio del Obispo y por ello templo vivo, donde la comunidad cristiana se reúne para celebrar el culto. La catedral es también, como monumento, un cofre de sí misma, severo y opaco al exterior de las excelsas calidades artísticas que atesora al traspasar sus muros. Es edificio tan imponente en volúmenes como visualmente austero al exterior y espacialmente transitivo y complejo, con un interior tan exquisito como enigmático, y una vocación tal hacia la urbe, que aunque sea por mor del complicado proceso constructivo, se abre a ella hasta en cinco monumentales portadas.

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El solar catedralicio es un espléndido testigo de la historia de estas tierras, desde los vestigios de construcciones romanas tanto en el interior como en el entorno hasta las últimas aportaciones del siglo XX. Como si de muñecas rusas se tratase, la sucesión de edificios han ido envolviendo a los precedentes, a veces haciéndoles pagar un muy alto precio. Prepárese para un fascinante viaje que nos llevará, de la mano de las más refinadas creaciones artísticas, hacia la remota memoria de lo que hoy somos.

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Difícil es imaginar, contemplando el exterior del gran monumento, la magnitud de la belleza que atesora, pues esta catedral se envuelve en arte a sí misma. Sus orígenes se encuentran bajo tierra, sobre las cenizas de la Palentina ciuitas refundada por los romanos tras la destrucción de ciudad arévaca de Pallantia (Palenzuela) en el año 72 d.C., donde en el siglo VII se alzó una primera catedral. Resta de ella la cripta visigoda, luego ampliada con la restauración de la diócesis en el 1034, bajo el reinado de Sancho III el Mayor de Navarra, en lo que representa el primer balbuceo del románico en estas tierras. Nueva paradoja del templo, en una provincia dominada por este estilo, sobre todo en sus latitudes más septentrionales, el primer ejemplo lo encontramos bien al Sur, en su Iglesia Mayor. Y ello pese a que, salvo esa ampliación de la cripta, nada queda del templo románico consagrado en 1219, sustituido por la tercera catedral gótica más grande de la Península. Su lento proceso constructivo evidencia titubeos arquitectónicos y exquisitas creaciones en sus tres fases: la inicial que concluye la cabecera, entre 1321-1423; la del cambio de proyecto, de 1423-1485, y la final, de 1485 a 1523. Este camino del Gótico al Renacimiento, promovido por grandes obispos, nos sitúa ante una colección exquisita de obras de arte en piedra, metal y madera, como el trascoro, portadas, retablos, púlpitos, rejas y puertas.

La enorme riqueza artística de la catedral palentina invita a visitarla con sosiego. Le proponemos aquí un fascinante viaje desde la Alta Edad Media al siglo XXI.

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EXTERIOR

Desde el fondo de la amplia Plaza de la Inmaculada se obtiene la mejor perspectiva de conjunto de la gran mole catedralicia. El recorrido visual de Oriente, a la derecha, a Poniente, a la izquierda, nos traslada también en el tiempo y el estilo, desde la cabecera gótica hasta el contemporáneo remate de la fachada de los pies.

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Detengámonos en primer lugar en la soberbia cabecera, máxima concesión al gótico clásico de origen francés que hizo sus mejores pruebas en las seos de Burgos y León, y que en Palencia declara, precisamente en esta zona, las grandes ambiciones del edificio iniciado a principios del siglo XIV. Las capillas radiales abiertas a la girola, las cinco centrales de planta hexagonal y ventanales apuntados con tracerías, avanzan sobre la primitiva capilla mayor, elevada sobre ellas pero hermanada a través de los arbotantes y contrafuertes, elementos fundamentales del esqueleto del edificio que permite sostener las bóvedas. Las dos capillas de los extremos, estrechas y rectangulares, realizan el tránsito con el cuerpo del edificio.

-> 1.- La cabecera.

Aún en pie el viejo templo románico, por aquí se inició la construcción de la gran catedral gótica en el año 1321, siguiendo el modelo de las de Burgos y León, aunque la primera campaña se detuvo al llegar al antiguo transepto, donde se abren la Puerta de los Novios y la de San Antolín.

La primera piedra de la nueva Catedral se colocó, durante un solemne acto, el 1 de junio de 1321. A la ceremonia, presidida por el cardenal Guillermo, embajador del papa, acompañaron a Juan, obispo de Palencia, los de León, Segovia, Plasencia, Zamora, Córdoba y Bayona. La nueva construcción se comenzó por la cabecera, es decir, la zona que rodea y cubre el altar mayor. Al exterior reconocemos las capillas de la girola, de planta hexagonal con sus grandes ventanales cerrados por vidrieras, y sobre ellas los contrafuertes y arbotantes que se alzan para sostener la bóveda de la capilla mayor. Esta cabecera, hasta las portadas más cercanas a ella, es obra de esa primera campaña constructiva, interrumpida en 1423.

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Como curiosidad, en una de las gárgolas (desagües de piedra decorados) nos encontraremos la figura de un fotógrafo que parece retratar a los visitantes, pieza tallada por Mariano Otero a inicios del siglo XX, durante la restauración del templo por el gran arquitecto modernista Jerónimo Arroyo. Es probable, como piensa Rafael Martínez, que represente a José Sanabria.

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La Catedral se muestra a la ciudad por cinco portadas con diez nombres, situadas en sus dos transeptos y a los pies. Alcanzan un mayor desarrollo monumental las dos del crucero mayor, abiertas hacia las Plazas de la Inmaculada y de Cervantes. Sus correspondientes por el norte son la muy modesta Puerta del Hospital o de los Canónigos -junto a la cabecera y frontera al hospital de San Antolín y San Bernabé, regido por la catedral desde el siglo XII-, y la monumental Puerta de San Juan o de los Reyes, del gótico final, con ecos ya renacentistas y la imagen del Bautista presidiendo el parteluz que la divide. Los avatares constructivos hicieron que no fuese sino en 1980 cuando se concluyera la Portada de San Antolín o de los Descalzos, situada en la fachada occidental.

-> 2.- Puerta del Obispo y Puerta de los Novios.

La puerta del Obispo fue alzada en la segunda mitad del siglo XV, entre los obispados de Diego Hurtado de Mendoza (1471-1485) y Juan Rodríguez de Fonseca (1504-1514), y reformada en el siglo XVII. La Puerta de los Novios, primera portada monumental abierta en la Catedral, corresponde a fines del primer tercio del siglo XIV.

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La dualidad de fases constructivas plenamente góticas se traduce en las cuatro monumentales portadas de los costados. De ellas, la principal es la de Santa María, al Sur, también llamada del Obispo, pues por ella accedía el prelado en las grandes ceremonias. Cinco arquivoltas apuntadas rodean la imagen de la Virgen con el Niño, entre dos rosetones calados y tímpano ya plateresco. Sobre ella, en el centro del arco conopial, se ubica la estatua de San Antolín, patrono del templo y de la diócesis. Los apóstoles de las jambas son ya renacentistas (1607), como los tres escudos episcopales.

Junto a la cabecera se abre la del Salvador o “de los Novios”, en honor al enlace que aquí celebraron, en 1388, Enrique III y Catalina de Lancaster, unión que puso fin a la guerra civil que asoló Castilla. El tímpano liso con tres peanas vacías se rodea de cuatro arquivoltas apuntadas y arco conopial ornado de cardinas. Recientemente se ha atribuido su traza al maestro Ysambart, conectada en lo decorativo con su trabajo en la capilla del Sagrario, lo que llevaría su construcción a fechas cercanas a 1430. El friso que la corona es posterior, con el escudo del Cabildo entre los de los obispos fray Diego de Deza (1500-1504) y fray Alonso de Burgos (1486-1499).

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-> 3.- Puerta de San Juan.

Como la del Obispo por el sur, esta fachada abierta al norte, hacia la Plaza de Cervantes, es obra gótica de fines del siglo XV y principios del XVI. En 1607 se reformó el clasicista hastial, con esculturas de San Antolín, San Juan y San Almachio. A su lado, hacia la cabecera, se abre la muy modesta Puerta del Hospital o de los Canónigos, frontera al hospital de San Antolín y San Bernabé.

Está dedicada a San Juan Bautista, el Precursor, cuya deteriorada escultura decora el parteluz, aunque también se la llama “de los Reyes”, ya que se abría únicamente para dar paso a la procesión del Corpus Christi, o a los monarcas cuando éstos visitaban la catedral. Situada al lado opuesto del transepto que la Puerta del Obispo, comparte con ella las vicisitudes de la fábrica. Sus cinco arquivoltas apuntadas, como las jambas, aparecen ornadas con finos motivos vegetales y figurativos (¡incluido un “alien” fruto de una reciente restauración!), y la cuarta con pequeñas imágenes de santos bajo doseles. Sobre el vano partido y el dintel se abren dos arcos entre sendos óculos, fruto de una intervención posterior. El tímpano, se decora con fina ornamentación ya plateresca, correspondientes al mecenazgo del obispo Juan Rodríguez de Fonseca (1504-1514).

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-> 4.- La fachada occidental.

La anacrónica portada en ella abierta, de líneas neoherrerianas, es obra de Fernando Chueca en 1980. La discreta y contemporánea solución del remate de las colaterales se debe a Fernando Díaz-Pinés, ya a principios de este siglo.

Síntoma de lo dilatado del proceso de construcción es esta fachada occidental, dedicada a San Antolín, patrono del templo y de la diócesis, que permaneció inacabada desde el siglo XVI hasta fechas bien recientes. También se la conoce como Puerta de los Descalzos, por su cercanía al convento de carmelitas descalzos instalado desde fines del siglo XVI hasta la Desamortización, y demolido durante la Primera Guerra Carlista.

El hastial occidental manifiesta la notable diferencia de altura de la nave con las colaterales, enmarcada la primera por potentes contrafuertes que resueltos en pináculos escalonados, enlazan con el agudo frontón calado con un óculo que la corona, sobre un ventanal geminado que da luz a la nave. La nave sur muestra arco ciego y óculo, mientras que ante la norte se alza la octogonal capilla de las Reliquias, antigua del Monumento y colofón arquitectónico del conjunto.

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INTERIOR

La monumentalidad exterior no logra traducir la excelencia artística del interior, fruto de una sucesión de momentos transitivos. Resulta así fascinante cómo el sinfónico canto de cisne del gótico (con personalidades como Juan Gil de Hontañón o Alejo de Vahía), de la mano de los grandes obispos fray Diego de Deza y Juan Rodríguez de Fonseca, coincide casi en el tiempo con la eclosión del Renacimiento, que va a abrirse paso con figuras señeras como Felipe Vigarny, Juan de Valmaseda, Juan de Flandes o Francisco Giralte. Si el espléndido trascoro viene a ser un resumen de este tránsito, obras como el púlpito del obispo y gran promotor Luis Cabeza de Vaca, tallado por Juan Ortiz el Viejo, o la deliciosa portada en esviaje de acceso al claustro desde el primer tramo -incluidas sus puertas-, marcan sin disonancias el triunfo de las formas del pensamiento humanístico. Y respecto a riqueza artística, ¿qué decir de la pictórica atesorada en el templo y Museo catedralicio? Baste citar alguno de los artistas allí representados: Pedro Berruguete, Jan Joest de Calcar, El Greco, Antonio Palomino,… O el espléndido conjunto de tapices, como los flamencos donados y encargados por el obispo Fonseca, una de las mejores colecciones hispanas.

La sucesión de fases constructivas góticas, con cambio de proyecto en 1423, hace que la seo palentina posea dos capillas mayores y dos naves de crucero. Tales son la actual del Sagrario, rodeada por la girola y construida en la primera campaña, consonante con el transepto marcado por las puertas de San Antolín y de los Novios; y ante ella la actual Capilla Mayor, ante el crucero que delimitan las puertas de San Juan y del Obispo. El cambio de proyecto obrado acabando el primer cuarto del siglo XV es responsable de la sensación de desconcierto que nos invade en el interior, como si estuviésemos ante una iglesia dentro de otra. El proceso se nos hace diáfano desde las alturas del triforio del fondo de la nave, espacio ahora habilitado para la visita y que nos permite, además de gozar de una privilegiada visión del edificio, entenderlo mejor.

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Es la Catedral de San Antolín una gran iglesia de tres naves, cabecera dotada de deambulatorio al que se abren cinco capillas hexagonales, doble transepto y tres naves, con claustro y torre al Sur. La nave central, más alta y dotada de triforios, se cubre con bóvedas de crucería estrellada, mientras que las colaterales reciben bóvedas de terceletes. A la nave del Evangelio o Norte se abren siete capillas cuadradas, con sus correspondientes sacristías.

Recordemos que en la primera fase, responsable de la cabecera, con influjo de las de Burgos y León, se documenta al maestro Ysambart; la segunda llega hasta el segundo transepto, y la tercera finaliza la obra.

-> 5.- La Cripta de San Antolín (s. VII / s. XI).

El espacio prerrománico, data del siglo VII, y la ampliación románica se fecha hacia 1034, coincidente con la restauración de la diócesis. La escalera y el brocal del pozo son del siglo XVI.

San Antolín, santo sirio muerto en Apamea en el siglo IV, fue transformado por la leyenda en compañero de San Dionisio y mártir del siglo X, venerado en Pamiers (Francia). Sus reliquias habrían sido traídas a Palencia por el rey godo Wamba, olvidadas tras la invasión musulmana y descubiertas por el rey navarro Sancho III mientras cazaba el jabalí, reveladas por el propio San Antolín, quien según el legendario relato milagrosamente paralizó su brazo cuando iba a rematar a la bestia. Esta tradición se narra en los bellos relieves renacentistas de la escalera que da acceso a la cripta, bajo el trascoro. Dejados atrás sus escalones, nos envuelve una atmósfera magnética, no sólo fruto de la notable humedad.

El espacio primitivo oriental es rectangular y angosto, con una zona abovedada y al fondo una triple arquería de arcos de herradura sobre columnas y capiteles romanos. La ampliación románica muestra planta basilical, con ábside semicircular con arquerías, abierta la central a la parte antigua. Se cubre con bóveda de medio cañón con potentes arcos fajones que parten del suelo, y muestra vanos de ventilación laterales.

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-> 6.- El Trascoro (s. XVI).

El trascoro no solo resume la hibridación del gótico con el Renacimiento, sino que establece una especie de tercer altar mayor sobre la cripta, y visualmente marca el centro de tres niveles históricos fundamentales en este edificio: bajo él, el nebuloso y legendario origen en la cripta de San Antolín, sobre él la enorme riqueza artística interior de la seo, y justo encima la ambición constructiva de su altiva nave central.

Encargado por el obispo Fonseca a inicios del siglo XVI, aúna formas del gótico final con el Plateresco, primer Renacimiento hispano. En 1513 trabajaba en él Juan de Ruesga. Filigrana pétrea de cinco calles enmarcadas por pilares, lo preside el soberbio políptico de Nuestra Señora de la Compasión, siete tablas con los Dolores de la Virgen obra de Jan Joest de Calcar encargada por el obispo Fonseca en Flandes en 1505. Sobre sus armas, el escudo de los Reyes Católicos, y en las calles laterales, San Bernardo a los pies de la Virgen, el martirio de San Ignacio de Antioquía (del 1600) y estatuas de santos.

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-> 7.- Capilla de las reliquias (s. XVIII).

Antigua del Monumento, es la última capilla construida en el templo, en época barroca. Se alzó entre 1735 y 1752, con trazas de Gregorio Portilla, Juan Guerra y Manuel Morante. La cúpula y su chapitel son obra de Juan García Berruguilla. Hacia 1770 se realizó el retablo-relicario rococó, en madera dorada.

Abierta al fondo de la nave del Evangelio, presenta planta octogonal, recubriéndose sus muros y cúpula con recargadas yeserías policromadas. Al exterior, muestra chapitel y cubierta de pizarra. Tras su deterioro debido a las humedades, ha sido recientemente restaurada (2010-11). Albergaba en su interior una importante colección de relicarios, hoy muchos de ellos en el Museo. Entre las reliquias que se conservaban en la Catedral, destacamos por su curiosidad las siguientes: un fragmento de la esponja con la que dieron de beber a Cristo en la Crucifixión, el brazo derecho y parte del hombro de San Antolín, la mano de San Vicente, retales del velo de la Virgen y del manto San José, fragmentos de los cilicios de San Francisco y Santa Teresa, una de las once mil vírgenes,…

-> 8.- Capilla de Santa Lucía (s. XVI).

La capilla y el retablo son obras renacentistas. El segundo, realizado en madera dorada y policromada, manifiesta un estilo próximo al taller del palentino Manuel Álvarez, de hacia 1570.

Temporalmente usada como Sala Capitular, en 1569 fue solicitado su patronato por el arcediano de la catedral Francisco de Rivadeneira, para poner aquí su panteón familiar, como vemos en las lápidas que tapizan el suelo. Sus escudos lucen en la bóveda que la cubre, en el retablo y en el centro de la reja que la cierra. Desde la Baja Edad Media y hasta época moderna era frecuente este uso funerario, a cambio de dotación y rentas. En el frente oriental se dispone un retablo de tres cuerpos y tres calles, sobre predela con el Salvador y los apóstoles. En el piso bajo, el grupo de la Piedad entre San Bernardo y San Benito. El medio lo preside la talla de Santa Lucía, con la palma del martirio y sus ojos en un plato, entre relieves de la Anunciación y Visitación, y San Pedro y San Pablo. En el ático, la Asunción bajo el Padre Eterno y escudos.

-> 9.- Capilla de San Gregorio.

En su interior vemos un pequeño retablo dedicado a San Cosme y San Damián, que muestra en su centro a los hermanos y entre ellos una imagen de San Matías. En el remate, el abrazo de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen, ante la Puerta Dorada, simbolizando su concepción. En la predela está el milagro de la amputación de la pierna gangrenada del sacristán de la iglesia dedicada a los mártires médicos en Roma, y su trasplante por la de un hombre negro muerto.

Encontramos en esta capilla el sepulcro plateresco de Juan de Arce (†1534), realizado en piedra y yeso policromados, con el yacente, un Ecce Homo y la Virgen con el Niño entre las santas Catalinas, de Siena y Alejandría. En el centro del gran retablo vemos la Misa de San Gregorio, sobre la Resurrección de Cristo, con escenas de la Pasión y los martirios de Santa Águeda y los santos Juanes. En el pequeño retablo destaca la talla central de San Matías, atribuida a Alonso Berruguete o Juan de Valmaseda. Ambos retablos, como el sepulcro del fundador, son platerescos, de entre 1528-1533. Pese a distintas atribuciones, serán obra de Juan Ortiz el Viejo, influenciado por Vigarny.

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-> 10.- Capilla de San Ildefonso.

Esta capilla fue de patronato del canónigo e intelectual Alonso Fernández de Madrid (†1559), arcediano del Alcor y autor de la Silva Palentina, excelente crónica de la Diócesis de Palencia a través de sus obispos que aún hoy continúa reeditándose. Su escudo campea en su lápida, en las claves de la bóveda, pintado sobre el retablo, y en la vidriera del siglo XVI que cierra la ventana ojival que ilumina el espacio.

El excepcional retablo renacentista -plateresco-, es obra cumbre de Juan de Valmaseda, tallado en madera en 1530 y policromado después, hasta su definitivo montaje en 1549. Compuesto de tres calles separadas por columnas abalaustradas, lo preside el relieve de la Imposición de la casulla a San Ildefonso por la Virgen, entre medallones con San Pedro y San Pablo, el Bautismo de Cristo y el martirio de San Juan Evangelista. En el banco, el martirio de San Lorenzo, la Adoración de los Magos y San Jerónimo penitente, y en el ático, bajo un Calvario, un soberbio medallón con la Piedad.

-> 11.- Capilla de San Fernando.

Antigua de Santa Catalina -su imagen preside la puerta renacentista de acceso a la sacristía-, hoy está dedicada a Fernando III el Santo (1199-1252), rey unificador de los reinos de Castilla y León en 1230, que reconquistó Cartagena (1245), Córdoba (1236) y Sevilla (1248). A sus virtudes de gobierno unió las personales, siendo canonizado en 1671. Aparece con coraza, manto de armiño y corona, la espada en la diestra y en la otra el orbe con la cruz.

Capilla de inicios del siglo XVI, con retablo barroco de Medina Argüelles de 1677, de madera dorada. Conserva un buen sepulcro plateresco de don Álvaro de Salazar (†1516), con el yacente en un lucillo de fina ornamentación renaciente. El retablo, construido para albergar la talla de San Fernando -obra de Alonso Fernández de Rozas en 1671-, recoge sobre ésta la imagen de Santa Catalina con la rueda y espada de su martirio, junto a pinturas alusivas a la vida del rey santo: renuncia de su madre al trono, coronación del monarca, su muerte y San Fernando ante la Virgen.

-> 12.- Retablo de El Salvador (s. XVI).

La compleja historia del retablo mayor de la Catedral nos permite contemplar a muy poca distancia una obra maestra: el imponente Cristo en Majestad, rodeado por los cuatro Evangelistas con sus animales simbólicos, tallado por el escultor borgoñón Felipe Vigarny para la calle central del primitivo retablo mayor, que iba a estar en la capilla del Sagrario. Su valor hizo que se construyese para albergarlo el retablo en piedra que hoy lo enmarca.

El grupo del Salvador fue tallado por Vigarny en madera de nogal policromada, y data de hacia 1508, dominando en las figuras aún la estética del gótico final. Aparece inscrito en una hornacina de arcos de medio punto profusamente ornados con motivos clásicos, y sobre ellos otro conopial rematado por jarrón de azucenas y dos parejas de ángeles con escudos del obispo Fonseca. Lo enmarcan dos grandes columnas y un entablamento, también con grutescos, con dos parejas de hornacinas a cada lado, albergando tallas de cronologías posteriores. Este retablo pétreo, cercano en el tiempo al grupo central, es ya plateresco.

-> 13.- Capilla de la Inmaculada Concepción.

Antes dedicada a Arderico, obispo palentino entre 1183 y 1207, y luego a la Santa Cruz, se la dotó de retablo en la segunda mitad del siglo XVII. Se dedica éste al misterio de la Inmaculada Concepción de María, en el marco del extendido fervor patrio a favor de la Purísima, según la imagen de la visión del jesuita valenciano Padre Alberro. No fue hasta 1854, en el Concilio Vaticano I, cuando la Iglesia lo consideró dogma de fe.

Su bóveda de estrellada con nervios combados, junto a la algo anterior del crucero, son de las primeras con este diseño en España. El retablo barroco con apegos clasicistas, de madera dorada, se distribuye en tres calles mediante columnas salomónicas. Su traza se debe a Juan de Medina Argüelles, y lo preside la talla de la Inmaculada, orante y coronada, inserta en aureola de rayos dorados y sobre angelotes. La titular es obra del escultor palentino Mateo Sedano en 1653, siguiendo el modelo de Gregorio Fernández. Sobre ella, en el ático, una exaltación de la Cruz, elevada al cielo por dos ángeles. Lo completan seis lienzos con el Ángel exterminador, Moisés haciendo brotar agua de la piedra, y la intercesión de la Cruz y la Virgen en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212.

-> 14.- Cristo de las Batallas (s. XIV).

Recibe su sobrenombre de la tradición que afirma que ante esta imagen dejaban sus pendones las tropas palentinas antes de partir al combate, invocando su protección. Actualmente lo enmarca un retablo del siglo XVII en el muro que cierra el coro por el lado Norte, entre dos puertas de acceso al interior de éste y bajo una soberbia decoración tardogótica.

La imagen fue tallada en el primer cuarto del siglo XIV, y es un soberbio Crucificado gótico de madera policromada y tamaño natural, que estilísticamente se ha relacionado con obras burgalesas. Responde a la tipología de Cristo muerto en la Cruz, de ancha cintura, piernas cruzadas y largo paño de pureza anudado al lateral que cae hasta las rodillas. En comparación, el torso y los brazos aparecen sumamente estilizados. El rostro es bellísimo y sereno, enmarcado por una larga cabellera partida y rizada. La excelente policromía, tanto del paño como de las carnaciones, contribuye a aumentar su realismo y dramatismo.

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-> 15.- Capilla de San Jerónimo.

Esta capilla del costado norte estuvo dedicada en origen a la Santísima Trinidad. Cuando en 1612 fue cedida a Juan Jerónimo Alonso de Córdoba, canónigo y abad de Lebanza, éste mandó hacer aquí el sepulcro de sus amigos Jerónimo de Reinoso y Martín Alonso de Salinas, cercanos a Santa Teresa de Jesús, y en honor al primero se cambió la advocación de la capilla, dedicándola a custodiar las reliquias de San Antolín. Aquí estuvo el cuadro de San Sebastián del Greco hoy exhibido en el Museo Catedralicio.

La capilla se alzó hacia el año 1440. En su interior vemos un sepulcro, obra de Juan Sanz de Torrecilla, enmarcado por dos columnas corintias. Muestra en la caja inscripciones con la semblanza de los finados, representados bajo el nicho de arco de medio punto como estatuas orantes. El gran retablo, también clasicista, fue realizado en madera dorada con escultura de Juan de Rozadilla. Se distribuye en tres calles, tres cuerpos y ático, con un relieve-puerta con Pentecostés, que albergaba las reliquias de San Antolín. Encima, la talla de San Jerónimo entre los santos Juanes, San Almachio y San Juan, y en el ático la Inmaculada Concepción.

-> 16.- Capilla de San Sebastián (s. XVII).

Fundó y dotó aquí una capilla en el siglo XVI Juan Fernández de Torres, y a ese siglo corresponden las pinturas murales, con un Calvario, que aparecieron tras el actual retablo. Este, como la decoración actual del espacio, fue promovido por el Tesorero catedralicio Juan Gutiérrez Calderón (†1629), cuyo sepulcro vemos en el interior, con pinturas, un escudo en alabastro de los Calderón de la Barca y una inscripción en la que dejó memoria de su generosa donación.

Preside la capilla un retablo de dos cuerpos arquitrabados y tres calles separadas por columnas entorchadas, datado en 1637. En la calle central vemos estatuas de San Sebastián en su martirio, obra de Juan de Estrada siguiendo modelos de Gregorio Fernández, una Inmaculada, y el Calvario en el ático. En las calles laterales cuatro pinturas, con óleos de los martirios de San Antolín y San Juan Bautista, el primero con la palma y el segundo con el Agnus Dei. En las tres del banco, San Gregorio y San Sebastián en el centro y dos martirios en los laterales, todas obras del pintor Blas de Cervera.

-> 17.- Retablos exteriores de la capilla mayor, lado del evangelio.

De alta alcurnia son los personajes aquí enterrados. El deán Rodrigo Enríquez (†1465) era hijo de Alonso, el poderoso Almirante de Castilla y fundador de su linaje, con Juana de Mendoza. Francisco Núñez de Madrid (†1501) fue abad de Husillos y consejero de los Reyes Católicos. Entre los sepulcros se dispusieron dos retablos, y sendas esculturas en piedra policromada de San Juan Bautista y el Evangelista, del siglo XV y excelentes.

A modo de retablo pétreo bajo arcos conopiales, los laterales están ocupados por sendos sepulcros tardogóticos. El de la izquierda corresponde al deán Enríquez, obra del escultor Alonso de Portillo, con el yacente y en la caja una Majestad con tres apóstoles a cada lado. En el otro enterramiento, que se atribuye a Alejo de Vahía o su taller, vemos en la caja la Virgen con el Niño, entre San Andrés y San Juan Evangelista, y efigie yacente y arco angrelado, cartela con inscripción y arco conopial con los escudos del finado. Entre ellos se dispone un retablo obra de Manuel Álvarez en 1556, con imagen de Santa Apolonia en piedra policromada, ésta salida del cincel de Portillo hacia el 1500, y la pintura de la Aparición de Cristo a la Virgen, del siglo XVII.

Nos trasladamos ahora a la primitiva cabecera gótica de la Catedral, por donde se la dio comienzo en 1321.

-> 18.- Capilla del Baptisterio (s. XIV).

Aunque la primera campaña gótica sigue en lo fundamental el modelo burgalés, copia de la Catedral de León el sistema de dos estrechas capillas rectangulares para hacer la transición de las radiales de la girola con el transepto, aquí la primitiva de San Miguel, al sur, y ésta al norte, antigua de San Cristóbal y Baptisterio desde el traslado de la excelente pila bautismal plateresca del siglo XVI.

La capilla, cubierta con bóveda de crucería simple, se alzó en la primera mitad del siglo XIV. El retablo, dorado y policromado, se fecha en tiempos del obispo Cristóbal Fernández de Valtodano (1561-69). Presenta dos cuerpos y tres calles, rematándose en el ático con un Calvario. Encuadra un heterogéneo grupo de tallas, dando la sensación que, salvo el titular, sirvió para recoger imágenes de otros retablos desechados. Está presidido por San Cristóbal portando al Niño, entre Santo Toribio de Astorga y San Isidoro, y debajo San Antón, San Pedro y San Blas.

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-> 19.- Capilla del Sagrario.

Hasta 1521 fue la capilla mayor y hoy es espacio reservado al recogimiento, la oración y el culto diario. Recupera dos restos románicos, la reja usada en el acceso desde el sur, y la mesa de altar. En ella se conserva el sepulcro de la reina navarra Urraca, hija de Alfonso VII, así como el de Inés de Osorio (†1492), con una doncella a los pies de la yacente, de cuya coleta tiran los estudiantes para aprobar los exámenes, según una arraigada tradición palentina.

A principios del siglo XV, el maestro Ysambart construyó el tirante y la falsa bóveda de nervios angrelados que cubre este ámbito, condenando los ventanales abiertos a la girola y creando una atmósfera absolutamente particular. El retablo renacentista que la preside muestra escultura en madera policromada, y fue realizado entre 1529-34, atribuyéndose su talla a Juan Ortiz el Viejo I, artista imbuido del estilo de Vigarny, Siloé y Valmaseda. De tres cuerpos y cinco calles, figura en las laterales la Anunciación, Natividad, Presentación en el Templo, Epifanía, Última Cena y Oración en el Huerto. En las entrecalles vemos a los santos Juanes, San Antolín, la Virgen, San Pedro, San Pablo y Santiago el Mayor. Y en la central, la Dormición de la Virgen, una Virgen con el Niño de hacia 1300, reubicada, y un Calvario en el ático.

Detengámonos siquiera un instante ante uno de los escasos vestigios de la catedral románica como es la reja, reutilizada en las dos hojas de la puerta lateral que da acceso a la capilla desde el lado de la epístola o del Sur. Se trata de un bello ejemplar de hierro forjado con parejas de dobles volutas unidas entre sí por abrazaderas, con a modo de caulículos entre ellas, y fijadas a las barras verticales mediante grapas. Se ha datado entre fines del siglo XI y principios del XIII, y es similar a los ejemplares conservados en la ciudad de León (San Isidoro y Santa María del Camino), Zamora (San Cipriano), Santa Clara de Tordesillas, San Vicente de Ávila y San Nicolás de Segovia.

-> 20.- Capilla de San Miguel, San Jerónimo o de San Isidro.

Esta capilla, primera hexagonal de la girola por el lado del Evangelio, estuvo en origen dedicada a San Miguel y luego a San Jerónimo (que preside aún su retablo), aunque desde la instalación de dos imágenes de San Isidro labrador en el siglo XVIII, se la conoce popularmente por su nombre. Sus vidrieras son del siglo XIX, salvo tres rosas, que representan los por desgracia escasos fragmentos de las renacentistas originales, realizadas por Diego Salcedo en 1542. La reja que la cierra data de 1526.

La preside un pequeño retablo dedicado a San Jerónimo, con éste en el centro como eremita ante el Crucificado, acompañado del león. A ambos lados, relieves de San Antolín y Santa Catalina de Alejandría, y en el ático pinturas de la Asunción y el Padre Eterno. El plateresco retablo lateral de la izquierda, dedicado a San Roque, presenta a éste como peregrino, mostrando su llaga al ángel y acompañado del perro con el pan en las fauces. Ambos retablos, de madera dorada y policromada, son renacentistas, del siglo XVI. El de San Roque sigue el estilo de Vigarny, y el de San Jerónimo se inspira en Berruguete.

-> 21.- Capilla de Nuestra Señora la Blanca.

Según la tradición, la catedral gótica se comenzó en 1321 por esta capilla dedicada a la Virgen Blanca, una de las cinco hexagonales que se abren a la girola. Quizás sí fuese la primera en cubrirse, gracias al mecenazgo del arcediano de Carrión Alfonso Rodríguez Girón (†1341), aquí enterrado y al que vemos orante ante la Virgen con el Niño, con su escudo, en la clave de la bóveda de nervios arriñonados, perforados por óculos al estilo del gótico burgalés.

La imagen de la Virgen Blanca que la preside, coronada, de pie y en amoroso juego con el Niño que sostiene sobre su brazo izquierdo, es obra gótica en piedra, alojada en un retablo neoclásico, de hacia 1795. Las vidrieras son del siglo XIX, de la Casa Rigalt. En los laterales, vemos dos sepulcros góticos bajo arcosolios apuntados, a la derecha el de Rodríguez Girón, con yacente sobre sus escudos; el otro, con larga inscripción y ornamentado con un Pantocrátor, corresponde al arcediano Pedro Fernández Piña (†1400). En el retablo, entre tallas de Santo Toribio y San Pedro de Osma, luce la hermosísima imagen de la Virgen Blanca, en alabastro policromado, de mediados del siglo XIV copiando un modelo toledano inspirado, a su vez, en otros del norte de Francia. Se piensa que la imagen llegó a la seo palentina por la devoción que hacia ella sentía el obispo Blas Fernández (1344-53), deán que fue de la catedral de Toledo y luego su arzobispo.

-> 22.- Capilla del Monumento.

El rico altar que en ella vemos se realizó en origen para la capilla mayor, ocupando ahora esta central de la girola y antigua de Santa Teresa. Muestra el altar frontal con el escudo del Cabildo entre jarrones de azucenas, y sobre él, un Sagrario con el Cordero pascual entre la Asunción y San Antolín y un basamento escalonado. En la parte superior se disponen las gradas sobre las que se muestra el expositor o trono eucarístico rematado por azucenas. Completan la escenografía candelabros y espejos del siglo XVIII sobre un fondo de damascos rojos.

La capilla central de la girola, de planta heptagonal, fue alzada en la primera campaña gótica, hacia 1321. La cubre una bóveda de crucería, de nervios perforados por óculos, al modo del gótico burgalés, con la imagen del Salvador en la clave. En el centro se abren tres ventanales, cada uno con tres óculos y cuatro lancetas, cerrados con vidrieras de inicios del XX, obra del taller de Antonio Rigalt. El altar, de estilo rococó, en plata repujada y parcialmente dorada, fue realizado entre 1754-56 por Juan Francisco Velasco y Andrés y Juan Francisco Espetillo.

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-> 23.- Capilla de San José.

Antiguamente estuvo dedicada a las Once mil Vírgenes. Según la leyenda, en el siglo III la princesa bretona Santa Úrsula, para preservar su honra y antes de ser entregada en matrimonio al pagano heredero de Inglaterra, pidió peregrinar a Roma acompañada de tan amplio cortejo. Recibida por el Papa y cumplido su deseo, a la vuelta del largo viaje todas fueron martirizadas en Colonia por el rey de los hunos, que sitiaba la ciudad.

Renovada a fines del siglo XVIII por el obispo José Luis de Mollinedo, aquí enterrado, decidió dedicarla a su santo patrono, y así preside su retablo un gran lienzo con San José en su taller con el Niño en brazos, rodeados por un cortejo de ángeles. Lo enmarcan dos pilastras corintias y se remata con un frontón. Este retablo, neoclásico y de yesos jaspeados, tiene trazas de Joaquín de Olabarrieta, y el lienzo, de 1794, es obra de Jacinto Gómez, pintor de cámara del rey. Los tres ventanales se cierran con vidrieras del taller de Antonio Rigalt, de fines del siglo XIX.

-> 24.- Capilla de San Pedro o de los Reyes.

Dedicada a San Pedro, esta capilla, primera poligonal abierta a la girola por el Sur, se conoce también como “de los Reyes”, al ser bien visibles en su ornato los grandes relieves de los tres Reyes Magos, motivo escogido para honrar el nombre de su patrono y mecenas, el adinerado arcediano de Carrión don Gaspar de Fuentes (†1550). Sorprende hoy esta decoración renacentista, en yeso sobre azulejería de Talavera.

Alzada en la primera fase gótica del siglo XIV, el revestimiento de yeso pintado se debe a los hermanos Corral de Villalpando en 1551-52. En él se figuran, además de los Magos en hornacinas, medallones con los profetas Isaías, David y Balaam, junto a todo un repertorio de atlantes, grutescos y ángeles, típico del lenguaje ornamental renacentista. En la puerta de su sacristía lucen las armas del mecenas, entre San Francisco y Santa Clara. Preside el retablo, notable obra renacentista de mediados del siglo XVI (hacia 1565), la talla San Pedro en su cátedra, bajo la Virgen con Niño y el donante, rodeados por San Ivo, San Andrés, San Clemente y Santiago el Mayor.

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-> 25.- Retablo del Ecce Homo y sepulcro de Diego de Guevara.

El sepulcro de Diego de Guevara muestra aún formas del gótico tardío a inicios del siglo XVI. El ya bien renacentista retablo contiguo data de 1566, construido para albergar el espléndido Ecce Homo de fines del siglo XV.

En los muros que envuelven la Capilla Mayor se dispusieron en el siglo XV varios enterramientos. En este del sur, frontero a la sacristía, descansa el arcediano de Campos Diego de Guevara (†1509), en sepulcro con las armas del yacente en la caja, entre tracerías, inscrito en nicho flanqueado por pilastrillas de arco mixtilíneo angrelado, y sobre él otro carpanel rematado por un gran cogollo, de aire bien gótico. Junto al sepulcro, las formas góticas y renacientes se hermanan en el retablo renacentista construido ya mediado el siglo XVI, encastrado en un arco gótico, para albergar la espléndida talla tardogótica del Ecce Homo, pieza de tamaño natural y atribuida al gran Gil de Siloé. Cristo, lacerado tras su flagelación, atado a la columna y con la corona de espinas, es presentado al pueblo por Pilatos: “He aquí el hombre” (Juan, 19, 5).

-> 26.- Capilla Mayor.

Entre fines del siglo XV y principios del XVI, dos grandes obispos y mecenas, Diego de Deza y sobre todo Juan Rodríguez Fonseca, introdujeron el Renacimiento en la catedral. En 1509 se decidió trasladar la capilla mayor, de la original gótica (hoy del Sagrario) a la mucho más amplia actual, incluyendo el retablo que entonces se estaba fabricando, cuyo rediseño le hizo pasar de los 7×6,6 m iniciales a los 20,5×10,6 m. El resultado es, sin duda, uno de los mejores retablos de España, y entre los primeros en adoptar los principios del Renacimiento.

El espléndido retablo es obra de Pedro de Guadalupe, asentado en 1522, y en su decoración intervinieron algunos de los más célebres artistas del momento, como Alejo de Vahía, Felipe Vigarny y su taller, y el gran Juan de Valmaseda, con pintura de Juan de Flandes. En el siglo XVII se añadió el sagrario, y la talla de San Antolín, obra de otro insigne imaginero: Gregorio Fernández. El resultado es un monumental retablo sobre alto zócalo -en origen ornado de azulejos-, compuesto por cuatro pisos divididos en nueve calles, entablamento y ático de remate, con esculturas en las 28 hornacinas y pinturas en las 12 tablas. En la calle central, el sagrario, San Antolín y la Asunción de la Virgen, entre santos y profetas. A destacar el ciclo de la Pasión pintado por Juan de Flandes, la Magdalena de Alejo de Vahía y el estremecedor Calvario del ático, de Valmaseda. Cierra la capilla una reja de Cristóbal de Andino (1520-24), obra maestra del arte del hierro.

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-> 27.- Coro.

En origen se situaba ante la actual capilla del Sagrario, primitiva capilla mayor. Resulta curioso que en el dosel de las sillas altas, enmarcados en el gablete que lo decora, se incluyesen campos vacíos para pintar el escudo del canónigo titular del asiento. Ello nos ha de dejado ante un rico catálogo heráldico, aunque lógicamente muchos de estos escudos fueron repintados según se iba renovando la composición del Cabildo.

La gran sillería del coro palentina, encargo del obispo Sancho de Rojas, fue tallada en nogal en la primera mitad del siglo XV por los maestros Centellas y Juan de Lille, y reformada por Pedro de Guadalupe en 1519. Consta del sitial episcopal, 55 sillas y dos bancos en el piso alto, y 46 sillas en el bajo, 20 de ellas añadidas coincidiendo con su traslado a inicios del siglo XVI. Los respaldos altos son lisos, decorándose los bajos con motivos geométricos. Destaca en el centro la silla del prelado Sancho de Rojas (1403-15), con su alto dosel calado y ornada con San Antolín en el espaldar, un obispo en la misericordia y relieves de la Virgen, santos y profetas. La reja que la cierra es obra maestra manierista de Gaspar Rodríguez de Segovia, de 1555-70, con los escudos de los obispos Lagasca y Cabeza de Vaca.

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-> 28.- Portada gótica al claustro (s. XV).

Fue abierta esta puerta para comunicar la catedral gótica con el antiguo claustro, al que se accede bajo arco carpanel, dintel con pareja de ángeles portadores de escudos del obispo Hurtado de Mendoza, y tímpano. Entre dos pilastras rematadas en pináculos, los arcos apuntados se ornan con hojarasca y figuras, muchas de ellas tocando instrumentos musicales, coronándose por un arco conopial con ángel portador del escudo del Cabildo.

Preside el tímpano la imagen de Santa María la Mayor, a la que estuvo dedicado el templo consagrado en 1219, conocida como “Virgen de don Tello”. Y es que esta talla de la Virgen con el Niño, en madera policromada y obra de inicios del siglo XIII, se atribuye a la época de la excepcional figura de don Tello Téllez de Meneses: obispo de Palencia entre 1208-46, habitual de la Corte de Alfonso VIII, en 1211 fundó aquí la primera Universidad española, luchó en la batalla de Las Navas de Tolosa y jugó un notable papel en la unificación de los reinos de León y Castilla. La portada en sí data de hacia 1485 y muestra notables similitudes con la Puerta de los Novios.

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-> 29.- Altar pétreo del lado de la Epístola del coro.

El retablo en piedra es plateresco y se data hacia 1534. Sus esculturas son ya del entorno del 1600, romanistas. El retablo en madera policromada es de principios del siglo XVI.

Los cuatro tramos que cierran lateralmente el coro se realizaron en momentos muy cercanos en el tiempo, aunque en ellos se evidencia el tránsito del gótico final al Renacimiento. Este fue el último en realizarse, y se concibió como un retablo en piedra de tres cuerpos arquitrabados, con escudos del obispo Pedro Sarmiento, su promotor. Se ha atribuido su traza a Diego de Siloé. Las esculturas, con San José entre santas, son ya posteriores. En el centro se sitúa un buen retablo renacentista en madera con las imágenes tardogóticas en piedra policromada de San Pedro y San Pablo en sendas hornacinas. En el banco vemos cuatro medallones con las santas Apolonia, Catalina, Bárbara y Lucía, y rematándolo un delicioso grupo con la Anunciación y en el centro el Nacimiento de Cristo, obra rococó atribuida a Juan Manuel Becerril en 1769. A su derecha, en el tramo contiguo, podemos contemplar el magnífico retablo de la Visitación, obra pictórica encargada por el canónigo Juan de Ayllón a finales del siglo XV. Bajo una Santa Faz y en torno a la tabla central con el abrazo entre la Virgen y su prima Isabel vemos a San Andrés protegiendo al donante, y a San Lorenzo. En los laterales se representan San Juan Bautista y San Esteban.

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-> 30.- Puerta renacentista al claustro (s. XVI).

La diferencia de alineación de este tramo de los pies de la nave de la Epístola con el eje del claustro al que da paso, y la proximidad de la puerta de acceso a la sala capitular, se solucionó planteando un arco en esviaje, es decir, desviado oblicuamente. Con este ingenioso recurso, ópticamente se tenía la sensación de estar centrado con la línea de claves de las bóvedas claustrales.

Esta portada plateresca, promovida por el obispo Francisco de Mendoza y Fernández de Córdoba, fue construida en 1535-36, con puertas de nogal de Francisco Giralte. Diseñada entre dos columnas abalaustradas, muestra arco de medio punto en esviaje, dintel y tímpano calado con volutas y dragones. En las albanegas lucen los escudos del obispo promotor, recubriéndose el conjunto de fina decoración renacentista, que se extiende a las puertas, de sublime talla, donde en dos paneles se narra la Entrada de Cristo en Jerusalén y el martirio de San Antolín, sobre bustos de San Pedro y San Pablo.

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-> 31.- Claustro y dependencias del museo.

El sobrio claustro renacentista, que sustituyó al medieval de la antigua Catedral, fue construido entre 1506 y 1516, siguiendo las trazas de Juan Gil de Hontañón.

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De planta cuadrada, consta el claustro de 24 tramos, mostrando sus bóvedas de crucería estrellada un trazado distinto en cada panda, y lo mismo las cuatro angulares. Desde 1962, en su interior se conserva, remontada, la portada románica de la iglesia de Quintanatello de Ojeda. Y en su Museo, junto a vestigios románicos, obras de Pedro Berruguete, Felipe Vigarny, Alejo de Vahía… Un tesoro de visita obligada. En el Museo catedralicio y el interior del templo se conserva una excepcional colección de tapices, de los 29 con que llegó a contar el templo, de los cuales han llegado hasta hoy una docena. Así los cuatro donados por el obispo Juan Rodríguez Fonseca que recubren la antigua sala capitular, realizados en Bruselas alboreando el siglo XVI. El Museo conserva también un cuadro del Greco con el martirio de San Sebastián. La Sala Capitular es una bella estancia rectangular, dividida en dos tramos cubiertos con sendas bóvedas de crucería estrellada, cuya excelente tracería con terceletes y combados dibuja a modo de flores de cuatro pétalos sobre nuestras cabezas. En las claves lucen los escudos del Cabildo y del obispo Fonseca. Encargada a Juan Gil de Hontañón, no fue concluida hasta 1516.

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